Antes de iniciar mis estudios en filosofía en Oviedo,
España, a mediados de los años 90 del siglo pasado, la clonación de la adorable
oveja Dolly se había convertido en el centro de las noticias y de los debates
éticos, lo cual llamó poderosamente mi atención al tratarse del primer mamífero
replicado a partir de una célula adulta. Si bien el tema de la clonación ya
tenía una historia interesante[i], lo de Dolly fue el gran tema científico del
momento. Los nombres de Ian Wilmut y Keith Campbell, ambos del Instituto Roslin
de Edimburgo, rápidamente formaron parte de mi lista de investigadores
destacados. Recuerdo haber revisado un interesante libro[ii] de divulgación
que, de buena manera, me ayudó a seguir pensando e intentar comprender la
magnitud de tan relevante conquista científica y sus consecuencias. Un mes
después de leer y defender mi tesis doctoral, el 14 de febrero del año 2003, me
enteré por la prensa de que la encantadora oveja Dolly había sido sacrificada.
Se le había practicado la eutanasia a la edad de seis años y medio. Nació
vieja.
A raíz de la clonación de Dolly, no han sido pocos los
“iluminados” que anunciaron estar preparados —técnicamente— para llevar
adelante la clonación de seres humanos. Así, hacia 1997, siete meses después de
la presentación en sociedad de Dolly, surge en escena un emprendimiento
denominado Clonaid.[iii] Dicha compañía se presentó como “la primera empresa de
clonación humana del mundo”. Su líder, un francés de nombre Claude Vorilhon,
había probado suerte como cantante y luego como piloto de autos de carrera y
periodista deportivo; en todos los casos fracasó. Sin embargo, un hecho muy
curioso daría bríos a la vida del artista frustrado. En 1973, estando en
Clermont-Ferrand —un entorno paradisíaco tanto por la belleza de sus
construcciones antiguas como por la majestuosidad de los volcanes que lo
rodean—, Claude dice haber sido secuestrado por unos seres con quienes mantuvo
una amena conversación científica. Producto de este diálogo se le reveló el
secreto de la humanidad: “los hombres fueron creados en laboratorio y
exportados a la Tierra hace 25.000 años”.[iv] A partir de entonces, tomó el
nombre de Rael y se convirtió en un mensajero. Esta experiencia le sirvió como
materia prima para plasmar con detalles en un libro[v] aquella “epifanía”, pero
al mismo tiempo le insufló las fuerzas necesarias para organizar a un pequeño
grupo de allegados fanáticos, a tal punto de convertirlos, en la actualidad, en
una gran congregación que no escatima esfuerzos en recaudar fondos para
construir una fortaleza en Jerusalén —o en México, o en Perú— a fin de dar
cobijo a sus afectos extraterrestres allá por el año 2035.[vi]
Esta historia, a pesar de ser extravagante,
rocambolesca, confusa, inverosímil, ridícula y a todas luces peligrosa,
alimentó, sin embargo, hace ya dos décadas, las declaraciones de la obispa
(científica) de la secta, Brigitte Boisselier, quien dijo haber liderado con
éxito la clonación del primer ser humano, a la que casualmente llamó Eva. Lo
acontecido con Rael me ayudó a entender que, allí donde la ciencia y la técnica
logran grandes hazañas, hacen falta la ética y la regulación.[vii],[viii] El
otro acontecimiento que me marcó profundamente tiene como protagonista central
al no menos controversial científico italiano Severino Antinori[ix]. En abril
de 2002, la edición electrónica de The New Scientist difundía unas
declaraciones del ginecólogo Antinori en las que aseguraba que una mujer estaba
embarazada del primer clon humano y, simultáneamente, Clonaid anunciaba la
venta por internet de la primera máquina de clonar, la RMX2010, al precio de
9.105 euros.
A partir de estos acontecimientos sentí la necesidad
de indagar más acerca de las ideas pertinentes que pudieran ayudarme a
comprender la enorme complejidad que revestía un tiempo nuevo, signado por las
nuevas tecnologías y sus aplicaciones. Pero ese tiempo cambiaba muy
rápidamente; mutaba constantemente, como lo hacen las nubes en Asturias. No
obstante, debo admitir que tuve mucha suerte al poder asistir a charlas,
conferencias y discusiones que giraban en torno a otro acontecimiento de enorme
trascendencia. Me estoy refiriendo al Proyecto Genoma Humano (PGH)[x]. A
mediados del año 2000, uno de los profesores del doctorado nos comentó, con una
mezcla de temor y esperanza, acerca de este gran hito y explicó brevemente las
implicancias de la secuenciación de los tres mil millones de pares de bases del
genoma.
Así, en el año 2000, un grupo de líderes mundiales se
reunió para anunciar un logro histórico: el primer borrador del genoma humano.
Entre ellos se encontraban Francis Collins, director del PGH; Craig Venter,
presidente de Celera Genomics; Bill Clinton, presidente de los Estados Unidos;
y Tony Blair, primer ministro británico. El proyecto concluyó en 2003, dos años
antes de lo esperado y justo a tiempo para celebrar el cincuenta aniversario
del descubrimiento de la estructura del ADN. El análisis final reveló alrededor
de 28.000 genes, una cifra sorprendentemente cercana a la de muchos organismos
inferiores. Los conocimientos generados a partir del genoma humano permitirían
desarrollar técnicas de diagnóstico y tratamiento dirigido para diferentes
enfermedades. Sin embargo, también existía la posibilidad de que la información
pudiera ser usada para discriminar a personas por su predisposición genética.
El aspecto ético era solo uno de los muchos desafíos que planteaba el
proyecto.[xi],[xii]
En paralelo, en mayo de 1998, Applera Corporation y J.
Craig Venter fundaron Celera Genomics con una meta tan ambiciosa como
reveladora del nuevo tiempo: secuenciar y ensamblar el genoma humano en solo
tres años. Para lograrlo, recurrieron al innovador método shotgun, que
fragmenta el ADN en múltiples segmentos y los reordena posteriormente mediante
aplicaciones bioinformáticas. Celera combinó datos propios con información del
proyecto público, y esa articulación entre biología molecular, capacidad
computacional y velocidad operativa le permitió avanzar con una celeridad
asombrosa. En 2001, la empresa presentó en la revista Science su primer
esbozo del genoma humano, mostrando cinco genomas de diferentes etnias.
Comencé a interesarme por los detalles de este gran
trabajo y entonces tomé nota de todo lo que podía colectar. Sin embargo, una vez
más la suerte me dio una mano generosa. Ese 26 de octubre de 2001, en Oviedo
—ciudad que por esos días se convirtió en escenario de la entrega de los
Premios Príncipe de Asturias— hacía un lindo sol. Yo estaba parado entre la
multitud, viendo pasar la comitiva de los premiados. Doris Lessing, agarrada
del brazo de George Steiner, caminó un largo trecho conversando animadamente. A
unos metros atrás de la Nobel de Literatura y del prestigioso filósofo, aquel
equipo de científicos miraba atentamente al público y, con pasos firmes, se
disponía a ingresar al imponente Teatro Campoamor, no sin antes regalar
sonrisas y saludos. Era el grupo de Francis Collins; a su lado estaba Craig
Venter; un poco más atrás, John Sulston, Hamilton Smith y Jean Weissenbach. Estos
científicos marchaban para recibir el Premio Príncipe de Asturias de
Investigación Científica y Técnica.
Aquella imagen se me grabó en la retina: Lessing y
Steiner conversando animadamente, sonriendo sin preocupaciones, precediendo a
unos científicos cuyo descubrimiento, dieciocho años después, marcaría el
destino de millones de seres humanos en el contexto de una pandemia feroz. Al
recibir el Premio, Lessing pronunció un discurso preñado de futuro:
“(…) Así pues, ¿qué va a pasar ahora en este mundo de
cambios tumultuosos? Creo que todos nos estamos abrochando los cinturones y
preparándonos. [...] Cuando me siento pesimista por la situación del mundo, a
menudo pienso en aquella época, aquí en España, a principios de la Edad
Media... donde cristianos, musulmanes y judíos convivían en armonía... Lo que
ha sido puede volver a ser”.[xiv]
Finalmente remató diciendo: “Creo que la persona culta
del futuro tendrá una base mucho más amplia de lo que podemos imaginar ahora
(…)”.
Es cierto que, a partir del desciframiento del genoma
humano, la discusión filosófica giró en torno a la adquisición de ese poder
enorme que los biólogos moleculares habían conseguido.[xv] Pero incluso antes,
a finales de la década de los 90, ya se había advertido acerca de la enorme
contribución que esto significaría para las ciencias de la vida. Era de esperar
que en el mundo académico se apresuraran a reinstalar sobre la mesa aquellos
temas donde se prefiguraban los miedos[xvi], pero donde sobre todo latía una
esperanza sincera.[xvii],[xviii]
En medio de la expectación, y a pesar de la emoción,
no dejé de alzar la mirada hacia las nubes una y otra vez. Todo aquel que haya
vivido en Asturias entenderá que esta conducta es necesaria, más aún si uno no
acostumbra portar paraguas. Nada de lluvias; no había nubes en Asturias. La
jornada estaba para disfrutar de la ceremonia. Entonces, me fijé en la manera
en que Craig Venter posaba la mirada sobre la multitud. Me vino a la mente
aquel pasaje de su vida cuando estuvo a punto de quitarse la vida[xix], pero
por una razón misteriosa declinó y decidió hacerse científico. Venter ha sido
en mi vida académica un referente muy importante. Me ayudó a entender la
importancia de las nuevas tecnologías en la investigación [xx] y, muy
especialmente, fortaleció mi certeza con respecto al grave error en que
incurren aquellos que sostienen razones acerca de la existencia de “diferencias
cualitativas entre los seres humanos”. Leer, comprender y reescribir el gran
“libro de la vida” significaba un enorme reto para las humanidades y para
quienes estábamos haciendo bioética.
Hoy, ante la noticia de su partida, no puedo sino
volver a aquella imagen de 2001 bajo el sol de Oviedo. Craig Venter no fue solo
el científico que desafió los ritmos del Estado con la audacia de quien sabe
que el futuro no espera; fue un científico que nos obligó a mirar nuestra
propia esencia como un código abierto, descifrable y, por ende, profundamente
compartido. Su fallecimiento cierra un capítulo de esa épica que unió la
biología con la computación, pero su legado permanece en cada rincón de la
medicina moderna y en nuestra comprensión de lo que nos hace humanos. Aquel
joven que alguna vez quiso rendirse en las aguas de Vietnam, terminó navegando
los mares más complejos del genoma, recordándonos que la ciencia, cuando se
ejerce con pasión desmedida, es también una forma de asombro.
[1] https://sitearchives.georgetown.edu/kie-pcbe/reports/cloningreport/historical.html
[1] Kolata,
Gina. Hello Dolly. El nacimiento del primer
Clon. Planeta, Barcelona. 1998
[1] Véase: https://www.clonaid.com/
[1] La clonación
es una etapa hacia la vida eterna, dice Rael. El país. 28, diciembre de 2002
[1] Vorilhon,
Claude. Le Livre qui dit la vérité: j'ai rencontré un extra terrestre. Édition
du Message, 1974
[1] Véase: https://www.youtube.com/watch?v=w-Phb_U7-u4
[1] Véase: https://www.lanacion.com.ar/ciencia/una-pelea-que-fascina-y-mueve-millones-nid462174/
[1] Véase: https://cordis.europa.eu/article/id/17212-two-member-states-call-for-international-ban-on-human-cloning-/es
[1] Véase: https://cordis.europa.eu/article/id/16469-italy-moves-to-block-human-cloning/es
[1] Véase: https://www.genome.gov/breve-historia-del-proyecto-del-genoma-humano
[1] Véase: https://www.coe.int/en/web/human-rights-and-biomedicine/oviedo-convention
[1] https://elpais.com/diario/2003/10/04/sociedad/1065218401_850215.html
[1] https://www.fpa.es/es/premios-princesa-de-asturias/premiados/2001-doris-lessing/?texto=discurso
[1] Véase: https://www.thehastingscenter.org/ethics-and-the-genomics/
[1] RifKin,
Jeremy. The Biotech Century: Harnessing the Gene and Remaking the World. New
York : Jeremy P. Tarcher/Penguin, 1998
[1] Silver, Lee.
Remaking Eden: How Genetic Engineering and Cloning Will Transform the American
Family. New York: HarpercCollins Publishers, 1997
[1] https://sitearchives.georgetown.edu/kie-pcbe/reports/cloningreport/fullreport.html?utm_source=chatgpt.com
[1] Venter,
Craig. Una vida descodificada. Espasa, 2008
